INOCENTES DE AMAR

Culpable de sentir.
Cómo es que puedo sentirme culpable de sentir.
Si sentir y vibrar, las manos conectadas, la piel, el corazón, es el aviso claro, más ágil y certero que nos manda la vida recordándonos siempre, que aún estamos vivos.
Si es que aún todavía podremos permitir, que nos sigan las culpas o un millón de prejuicios, ideas obsoletas sosteniendo un sistema que feroz impusieron en nuestros corazones cuando éramos niños y que fue repetido sin planteos, sin dudas, aceptado en silencio, por nuestros padres niños, abuelos y ese bosque social y familiar del que todos venimos.
Culpable: es una de las palabras más atroces que digo.
Ya quiero desterrarla por siempre de mi boca.
Yo, que amo el lenguaje y lo uso como un extenso puente para alinear así el zigzagueo  intenso de mis ritmos mentales, dando forma, habitando mis espacios profundos con colores diversos que en forma de paleta surgen como una catarata de mi pecho infinito.
Culpables no. Inocentes.
Porque eso es lo que somos y vuelvo a confirmarlo y así yo lo transmito.
Porque el amor Supremo, que vive y nos rodea, es Uno con el todo fundiéndose en la nada.
Cualquier oscuridad que osa perpetrarse en la expresión sublime de este amor que respiro y en donde hoy descanso, que busca confundirme y empujarme al abismo, hacia un desequilibrio, es un intento ajeno, inexacto, putrefacto y oscuro, por apartar el brillo del más amplio latido de esta vida que vive a cada día en mí.
Ya no es culpable el árbol, como un testigo férreo del tiempo transcurrido, de amar tanto a la tierra, al agua, o de entregar confiado sus ramas al susurro del viento temprano en la mañana.
No es culpable la flor, abriéndose a los soles para dejarse amar y entregarle a la abeja su polen exquisito o desear sostener una gota impoluta de perfecto rocío.
No es culpable la nube por parir a la lluvia, ni una hembra dispuesta por brindarse amorosa al vanidoso macho que la chupa, la huele, la monta y la penetra.
O ese hombre sediento, solícito abrazando a una mujer que intuye le mostrará el camino de volver al amor que es, que anhela, que espera o sólo sueña.
O la luna y el sol, mezclados en sus brillos.
Las rocas, el silencio, la imponente figura de todas las montañas.
Libres en la expresión. Inocentes de amar.
Así me siento yo.
No soy culpable entonces, de amarte idealizado.
Prefiero amarte así, humano e inocente.
Con todas tus virtudes y todos tus defectos.
Y aún más, me amo yo.
Y vos y yo en todos.
Y entonces es que así, en dolor o alegría, celebro la inocencia.
Ya no soy más culpable de sentir mis latidos.
De sentir mi alegría infinita cuando llegás
y puedo transformarme en mil Diosas,
en maga, en hada, en ninfa o en bruja, si es acaso preciso.
Vos te acercás y yo como un fuego hechizado
me enciendo mirándome en tus ojos.
Ya no soy más culpable.
Culpables son aquellos que quieren apresarme.
Injustos, ignorantes.
Ideas atrapadas, polvorientos rincones de una mente con la que ya sin duda,
yo no me identifico.
Voy a vivir viviéndome inocente de culpa.
De culpa, cargo y hechos.
Porque así lo decido.
Voy a vivir sintiendo.
Voy a morir entera, completa, sin dudas, inocente.
Porque ya no me presto al juego nauseabundo impuesto por los otros.
Por la iglesia, el Estado, los hombres, los miedos o los mitos.
Nada ni nadie volverá a doblegarme, clavarme, ahogarme
o intentar reprimir la inocencia de  amor que soy,
me doy, que doy y capto en cada pulsación, con todos mis sentidos.
No hay mayor compromiso que el que tengo conmigo.
Con mi fidelidad, inocente de amar,
mi vida, mis aciertos o errores, mi destino.