EL DOLOR DE LAS PALABRAS

Y mis palabras fueron brutalmente asesinadas, en un páramo infinito, inhóspito y helado.

Murieron solas, tristes, desnudas. Rodeadas esta vez por una atmósfera cargada de un violento silencio.

Mis palabras eran aquellas que llegaron hasta mí para inundar mi alma.

Éstas que yacen a la vera de un camino que empecé a recorrer y que decidí por fin, abandonar.

Abandonar ese camino era ya no abandonarme más.

Habían otros, pero la pasión y los deseos obnubilan ciertamente al alma humana.

Allí quedaron, que en paz descansen, palabras destrozadas.

Imágenes y deseos truncados de momentos de amor, de alegrías, de ansias.

Su silencio fue atroz.

Atroz su indiferencia.

Atroz la ausencia de sus gestos de amor, de compañía, de complicidad.

Atroz ya, su doloroso recuerdo.

Así murieron, olvidadas, mis hermosas palabras.

Sangrantes hilvanando entre ellas un tejido de heridas cortantes y cortadas.

Desangradas quizás por tanta desventura.

Ultimadas murieron. Angustia devastada.

Palabras que crearon mil poemas de amor y de desdicha.

De amor, ternura y juegos, quedan allí, por siempre, sus almas dando vueltas.

De la A a la Z.

Eterno abecedario que ayudó a entretejer un sin fin de sensaciones desbordantes, corazón de hembra aullante o susurrante.

Silencio y negación que amordazaron de miedo cargado de una hiel que sin aliento,

fugaz se abalanzó por fin sobre los flancos de todas mis hermanas.

Y allí acabó con ellas.

Moribundas, murientes, dolidas.

Y cesaron.

Ya no dirán más Te quiero siempre, Te llevo conmigo o también Te extraño.

Ya no han de oírse saltar desde mi boca para jugar a dar vueltas en su corazón que bien yo sé, fue conmigo divino aunque a veces, ingrato.

Mis palabras se fueron y con ellas, mi amor.

Su silencio y su desprecio lograron machacarlas, dolidas, constreñidas, se acabaron.
Agónicas palabras.

Hirientes y sangrantes los silencios.

Pero a mi alma no. No podrán derrumbarla.

Yo pude amarle entero, convertirlo en poema.

Llorar de pena y alegría, desearle, ungirle, esperarle, creerle, adorarle y casi nunca odiarle.

Y en mareante tiovivo decidir de nuevo amarle y comprendernos.

Ejercer el perdón. Ser solidaria. Conmigo y con su alma.

Pero igual mis palabras murieron estacadas en su horrible distancia.

Aunque yo no, amor.

Amor que es mío.

Aún en mis silencios, desnuda en su memoria, me verá regresar al final de sus días, cuando ya arrepentido, se atreva a perdonarse la cruel brutalidad que ejerció para sí y para mis palabras.

Por él y por su olvido, cruelmente asesinadas.

 

 

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