CUENTO DE ADOLESCENCIA

Una inmensa montaña empinada de arena blanca y fina las anclaba a la tierra y a la vida.

Mas lejos o mas cerca, las cortaderas se acumulaban en ramilletes dispersos, entrelazando sus raíces en un enjambre dispuesto a soportar las inclemencias del tiempo. Juncos intermitentes y rastreras, flameando unos como llamas al compás de la brisa, agarrándose al suelo y abriéndose camino los otros hacia el sol.

Una cuesta empinada, infinita, los pies descalzos para llegar adonde el viento se arremolinaba y desde donde surgía aquel temible o susurrante a veces, bravo rugido.

Tenían casi 18 años. Amistad y complicidad sin condiciones,  ganas de descubrir, conocer, aprender, experimentar, que las colmaba del poder suficiente y la valentía y temeraria inconsciencia que sólo se posee al empezar a recorrer la vida durante la adolescencia.

Una detrás de la otra, la ansiedad y el enigma les daba la fuerza necesaria para seguir subiendo.

Exfoliaban sus dedos hundidos y resecos en la arena precisa y perfecta que volaba de un lado a otro por las dunas.

Se habían escapado de sus casas. Recorrido de cientos de kilómetros en coches y camiones desconocidos por un vasto territorio donde allá, muy lejos, dormía el mar y despertaba el sol.

Una había crecido jugando en la arena mojada. La otra, en la más alta montaña. Poder ver el mar era un deseo, un suspiro, un enigma, un misterio.

Para la otra, la alegría de volver a verlo.

Subieron. Pesadas, ligeras. Llegaron a la cima de la duna para seguir, latidos inquietantes, mirada obnubilada y boquiabiertas, a descenderla. La piel, ya, vibrante por saber.

El bramido de las olas, era extenso y profundo, envolviendo la atmósfera como una marina pintada de una tarde brumosa.

Sonrieron. Se apretaron las manos. Las lágrimas, surcaron ambos rostros de emoción, gratitud y alegría ante tanta belleza.

Una, regresaba, la otra descubría. Juntas, compartían, completas, satisfechas, en un estado de infinita gracia.

Habían llegado allí, sin pedir permiso a nadie.

El mar, el bravío e inmenso mar, les daba la bienvenida.

 

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